lunes, 6 de abril de 2009

Una Mordida sin sabor

Una mordida sin sabor

Con la misma furia de una fiera femenina. Ella rasgaba la frágil capa que cubría mis sentidos. El enojo de una mujer puede inyectar en el alma un veneno lleno de odio y violencia. Cuando la vi venir hacía mí, olvidé sus caricias y su excitante cuerpo desnudo que me hacía sudar como un animal en celo. Yo no soy ningún santo, pero tampoco soy un animal. La mujer de piel morena que me enloqueció con su belleza y su máscara de doncella, pretende ahora arrancar con sus garras mi piel. Sus ojos están perdidos. Casi convertida en una arpía. La mujer que se acostó conmigo y me prometió amor es ahora, mi peor enemigo. Sus patadas y golpes son casi certeros. Con dificultad y con temor de lastimarla, pero sin perder las ganas, logro evadir sus rasguños. Ni su padre ni su madre lograron dominar su locura. Sus movimientos son rápidos y fuertes. Esa que me amaba y me entregó su cuerpo producto de un amor drogado, está ahora frente a mí, con la única intención de hacerme daño. La palabra hijueputa es un granizo punzante que ensordece mi vista y despierta el placer de lastimarla. Cansado por sus constantes ataques y sin poder consolar los gritos de nuestro pequeño hijo que observa y escucha sin entender los aullidos de la mujer que lo parió, me quedo en blanco e indefenso por un instante.
De una fiesta a otra llegué a conocerla. Los tragos y la marihuana unieron nuestros encuentros que con el tiempo llevaron al sexo. Rico fue besarte y tocarte, me pensaba. Una de mis tantas aventuras de apretes y culiadas se convirtió en un verdadero amor. Del placer pasé a la preocupación. La mujer que amaba me iba a dar un hijo. Yo era joven y tonto. Un estudiante de inglés que amaba lo que hacía. El comienzo de otra vida apenas empezaba para mí. Con el apoyo de mi madre y mi hermano mayor, el destino me dio las fuerzas para esperar un hijo. El tiempo me dio un trabajo producto de mis siete años de estudio en la UCR, y la vida me ofreció la oportunidad de superarme. Un sueldo que cualquier adolescente desearía fue la esperanza del hijo que engendré.
La sala de su casa que alguna vez nos dio calor, es ahora el ring de su pelea. Ella fue quien inició una batalla que no buscaba conquistar mi amor. Su eterna lucha fue chupar mi dinero. Nunca tuve una vida de lujos. Nací en una humilde familia palmareña que me brindó todo el apoyo y entusiasmo para vivir. Ella nunca tuvo nada más ni menos que yo. La noticia de que no viviría con ella y la restricción de mi dinero la encolerizó.
Estaba perdida por su egoísmo y odio. Dios, dame fuerzas para no matarla, me decía. Pero mi sangre, era una braza que se movía con serenidad. Casi podía ver la espuma que salía de su boca. En medio de un momento de preocupación por el niño, y sin darme cuenta, se convirtió en una leona que saltó sobre mí. Los gritos de su familia fueron mi alerta. En el aire la agarré. Se revolcaba con demencia en los brazos que en el pasado le dieron abrigo. Mis fuerzas eran casi inútiles ante la ferocidad que la domaba. Agarrándola por el pecho sentía sus suaves y dulces senos que quizá en otra vida me hubieran hecho su esclavo. ¡Qué ingrata!
Cómo olvidar sus amenazas de suicidio y aborto. Con sólo tres meses de embarazo golpeaba frente a mis ojos su panza y detestaba la idea de tener un hijo. La vida me dio paciencia y un hígado de hierro que su maldad sin perdón clavó en la trinchera de mi decepción. La idea de vivir juntos fue una esperanza por la que yo luchaba. Pero ella abrió mis ojos. Su incesante deseo de dominarme y controlar mis cincos, la llevó a buscar una casa de alquiler. Como un desgraciado que estaba enamorado acepté vivir con ella. Sus condiciones fueron precisas. Viviríamos bajo el mismo techo, pero no en la misma cama. Ella quería mi compañía, pero más quería mi dinero. Yo la quería a ella y a mi hijo.
Mis manos tiemblan entre sus golpes. Estoy controlando un tornado de odio y desprecio que está pronosticado sólo para mí. Los gritos y el alboroto jamás me permitieron pensar que sujetaba a una criatura carnal. La misma mujer que besaba con dulzura, incrustó sus dientes afilados en mi dedo pulgar y lo presionó con la fuerza y el apetito de un animal. El dolor de la desesperación salía suave pero herido por medio del aliento en mi garganta. El frío de la sangre que se sentía correr por mi mano izquierda, se evaporaba con la rabia que expulsaba su boca. Como una anaconda que aprieta su presa y con la misma fuerza con la que una hiena lucha por un pedazo de carne en la selva. De esa manera, aquella mujer masticaba mi dedo sin sazonar.
Los tres años de mi hijo fueron motivo de celebración. El dinero que gasté en su fiestecita no me importó nunca para nada. Ver a mi hijo feliz de tener a su padre y madre juntos me hacía crujir las piernas. Puedo recordar con claridad, pero con enojo las palabras de la que era aún mi novia. “Muy bonita la fiestita y todo, pero a las cinco me voy pa’ la calle con mis amigas.” En ese momento, mi pensamiento miope evitó que tomara una decisión. Estuve con mi pequeño todo el día hasta que se durmiera y su madre aún no llegaba de parrandear. Al principio, no le pagaba pensión. El dinero que le daba para la crianza del niño superaba ese monto. Sin embargo, no fue suficiente para ella. “El chiquito ocupa más leche.” “El bebé, necesita más plata.” “Esa plata ya no alcanza.” No importaba el pretexto, yo seguí pagando. Nunca he tenido un salario magnate, pero de tripas saco chorizo. Yo sabía que de mi dinero, salían las cervezas y marihuana que ella enrolaba y fumaba frente al niño. ¡Maldita! El trabajo que ella tenía en una veterinaria, no era suficiente para saciar sus vagabunderías. En uno de mis reclamos a ese comportamiento, ella me echó de la casa de su madre. Su locura la llevó incluso a lanzarme piedras mientras yo me iba. El olor a licor que suspiraba mi piel, la enfadó. Con qué cara podía reclamarme.
Su padre me la quitó de encima, pero mi dedo seguía enganchado a su boca. La impaciencia me obligó a jalarlo. La uña estaba destrozada y me ardía sin compasión. Ella rugía con sus labios llenos de sirope. “¡Lo voy a matar hijueputa!” Con mi mano empapada en sangre y un pulgar irreconocible, llamé a la policía de inmediato. Joven de 24 años, pelo negro corto, ojos cafés, metro setenta, presenta hematoma en su dedo pulgar izquierdo producto de una agresión propiciada por la madre de su hijo en la vivienda en la que vive la individua el 15 de setiembre del 2008. Así me describía el informe policial después del feroz ataque. No sé si era dominado por la paciencia o la ignorancia, pero ese día antes de casi perder mi dedo, disfruté de los desfiles y banderas que conmemoraban la independencia junto a ella y mi hijo en el parque. Luego del desfile, la ira de esa mujer y el deseo por más dinero la llevaron a amenazarme de nuevo con la intención de matarse. Ya no lo iba a aguantar más. Ella lo sabía.
Mi dedo ya tiene un día de haber sido mordisqueado. Frente a una trabajadora del Juzgado de Violencia Doméstica en Palmares, estoy poniendo mi denuncia. Mi preocupación es mi hijo. Lo demás es sólo un ácido recuerdo. En la otra oficina del juzgado, está la mujer a la cual nunca le toqué un pelo. Con suaves palabras y completamente transformada, le dicta a un fiscal que llena un informe: “Estábamos en mi casa discutiendo, él me empujó y gritó. Le mordí el dedo para defenderme, pues él varias veces me golpeó, tengo varias señas de golpes en mis brazos y en mi pierna derecha.” Una denuncia más, un agresor más. Ese era yo.