jueves, 15 de enero de 2009

Un aviso de muerte




Un aviso de muerte
Por: Gerald Jiménez R.

Llegas a tu casa luego de un largo día de trabajo. Estas cansada, pero al ver a tu hijo de ocho meses te reanimas. Tu momento de ocio inicia con la visita de tu tía Milagro. Ella espera ayudarte a deshacerte de alguna ropa que luego de tu embarazo ya no puede adornar tu cuerpo. Tu hijo fue un regalo que dejo unos kilos extra. Todo te parece normal. Aún no has visto a tu madre. Mientras doblas algunas de tus viejas blusas y la tarde empieza a caer, empujada por ese viento que sopla en el mes de enero, escuchas el crujir de una puerta.
Estas segura que el culpable pudo ser el viento. Sin embargo, no tenías una explicación para el extraño sonido que parecía producir un llanto. Un lamento que no era de niño. Era un gemido de dolor. Tu padre Manuel esta sentado cerca de la puerta del baño en el cuarto de pilas, que tiene como paisaje un extenso cafetal que pertenece a tu familia. Él lloraba con una fuerza inefable. De inmediato inhalaste su llanto con un frío que ardía en tus venas sin ninguna explicación. Estabas conciente de que él no tenía ninguna herida, o que hubiera sufrido algún golpe. Él sollozaba a causa de una llaga que habitaba su cuerpo y mente, pero no tenía relación con ninguna enfermedad. O al menos eso creías. Sin saber lo que tenía destinado ese sábado que aún no terminaba, guardas tus lágrimas para más tarde y dejas a tu padre ahí. No pudiste decirle adiós.
Apenas tenías 12 años cuando él cambio radicalmente su estilo de vida. El trago y sus amigos lo absorbieron sin dejar rastro de lo que alguna vez fue. Tu madre Verónica lo conoció desde muy joven y aunque sabía que le gustaba tomar guaro, no tuvo nada de que quejarse en sus primeros diez años de matrimonio. Desde niña disfrutabas la compañía de tu padre. Cuando hablabas con tu hermana menor Andrea, acerca de él, lo caracterizabas como un hombre bastante serio, pero con carácter para bromear con sus sobrinos y conocidos.
No sabes que pensar. Tu tía te pregunta que pasó. “Es papi que esta llorando otra vez. Seguro esta tomadillo y empieza a recordar a Enrique. Lo que no entiendo es por qué llora así”. Sin ningún presentimiento que te aflija permaneces callada y vas hasta la cuna de tu pequeño Pablo. Lo tomas entre brazos y luego caminas a la cocina. Caminas lentamente y deseas cerrar tus ojos para no ver a tu padre de nuevo, pero él ya no esta. Primero fue tu esposo el que te dejó. Su explicación fue simple: “ya no quiero vivir un instante más contigo”. Se apagó el amor, o talvez nunca existió. Ahora a tu hijo solo le queda su abuelo. Te parecía lógico que la muerte de tu primo fuera la causa del dolor de tu padre. Pero no te imaginabas que sería también, la causa de tu propio sufrimiento.
Había pasado solo un mes y unos cuantos días desde que tu primo tomó la decisión de suicidarse. La efervescencia de esa mala pasada aún perduraba en el diario vivir de toda tu familia. El pasado 25 de diciembre del 2003 Enrique apareció a 100 metros de tu casa, colgando de la rama de un árbol y con sus pies tocando el suelo, pues la fuerza del mecate no fue suficiente para aguantar su cuerpo, pero si para asfixiarlo. Su muerte marcó una pauta definitiva en la vida de tu padre, que fue la persona que lo encontró muerto.
Tu vida se había visto marcada por una mala experiencia que inició cuando tú padre le fue infiel a tu mamá. Quizás tenías 13 años cuando él las dejó a las tres para irse a vivir con otra mujer. Y fue tu padre quien les confesó con sus propias palabras la verdad.
Tu madre acaba de llegar. Le pregunta a Milagro por Manuel, pues tu pareces estar con la mente un tanto distraída. Piensas en una solución a un problema que no conoces, piensas en blanco. Ya en el cuarto de pilas, escuchas como tu madre lo llama en voz alta, tratando de encontrarlo. “Que raro, Manuel no esta afuera ni en el baño”, dice tu mamá. “Por ahí debe de estar”, le contestas de inmediato, como tratando de buscar una respuesta pronta. Tu padre Manuel dijo en varias ocasiones que él admiraba el valor de Enrique, ya que él si encontró la forma para hacerlo. Siempre supiste que ése hacer algo no significaba otra cosa más que morir. Pero como ponerle atención a eso. El era tú padre. El jamás haría algo así. Es una broma. Esa era tu conclusión. De niña acostumbrabas comparar a tu padre con díos. Un dios que con el tiempo le ibas a ocultar. Aunque desde pequeña fuiste criada en una familia católica decidiste cambiarte a otro rebaño cuando te convertiste en una adulta. Los domingos, a escondidas de él, te ibas a un culto de una iglesia cristiana. Así fue como cada fin de semana tu interés por ese dios diferente al de tu padre, o al menos eso era lo que el pensaba, te hizo dejar por completo tus creencias católicas. “Si yo me doy cuenta que Marielos esta asistiendo a esa vara, se tiene que ir de la casa”, ese era el aviso que le daba constantemente a tu mamá. Aunque él no asistía a misa, si le gustaba rezar el rosario.
Había algo que no estaba bien. Solo habían pasado unos cuantos minutos desde que tu madre buscó a tu papá. Pero ella ya se estaba preocupando. Ella decidió llamar a tu primo Alex, y le pidió que por favor saliera a buscar a Manuel que no aparecía por ninguna parte. Gracias a la cercanía de la casa de tu primo, él logró llegar en solo 5 minutos. Tu madre le explicó a Alex lo que pasó. Le dijo que tu padre estaba llorando y que desapareció. Alex salió a toda prisa y se metió entre el cafetal, apenas y se podía ver como corría y esquivaba las ramas que lo esperaban para golpear su cara. En ese momento estabas segura de hacia donde se dirigía tu primo. En sus ratos de tristeza y alcohol era costumbre para tu papá, ir y sentarse bajo el mismo árbol que prestó sus ramas para que Enrique acabara con su vida. Era un momento que él utilizaba para llorar y pensar. Tu papá dijo en varias ocasiones que tenía la intención de tomar un veneno, y acabar con lo que el sentía, con el dolor. Alex aún no regresaba.
Cuando tu padre Manuel decidió volver a vivir en tu casa y abandonar a la otra mujer, supiste que, si bien él quería vivir de nuevo con su familia, no sentía la misma autoridad o posición de padre que perdió por sus errores. Fue una época difícil para ti, pero para él nunca terminó. Lo amabas porque era tu padre. Sin importar el pasado solo querías estar de nuevo con él. Tu mamá sentía que no podía esperar más. Tú tenías la esperanza de que Alex ya lo hubiera encontrado y se estaba tardando porque se quedó hablando con él.
Con la muerte de Enrique y los constantes comentarios de Manuel de matarse, optaste junto con tu madre por buscar ayuda. Exámenes médicos de todo tipo, psicológicos, psiquiátricos, incluso, tu padre llegó a pensar que él tenía algún tipo de brujería. Nunca estuviste de acuerdo en que viajara a Guanacaste, donde él aseguraba que encontraría alguna curandera que le sacaría ese mal que llevaba adentro. En realidad nunca le pusiste mucha atención a la idea de que él cometiera la misma locura de Enrique. Manuel decía estar con una depresión y que su único alivio era el licor. Una depresión, de ahí no pasaría.
De repente escuchas otro sonido. El traquido de una lata de zinc que parecía haber sido majada. Tu madre salió inmediatamente y se movía con cautela entre el patio. Tú no puedes seguirla Marielos. Ella parece no avanzar. Sus pasos eran pequeños y trataba que su camino hasta la vieja galera no terminara. Manuel solía tener en ese pequeño lugar un cerdo para matarlo en una ocasión especial. Sabías que para navidad no hubo nada que celebrar y el pequeño corral estaba vacío.
Al fin tu mamá llega a la galera. Ahí estaba Alex. De pie como un enorme roble que el tiempo parecía haber atacado con el enojo de un nevoso invierno que nunca podrás ver en Palmares. Alex tenía una piel glacial. Tú no sabes nada aún Marielos. Parece ser que en ese instante no te parecía nada anormal, o simplemente el miedo había violado la virginidad de tu pensamiento. Eran las 8 de la noche. La oscuridad te cegaba y por tanto todo era una sorpresa para ti.
Tu padre Manuel nunca tuvo problemas de salud en el pasado, ni tampoco era una persona con enemigos. Uno de sus ratos más agradables era invitar a sus familiares a tomarse un traguito. Eso no podía hacerte feliz Marielos. Pero la forma en que tu padre reía al ver alguno de sus sobrinos borracho te daba cierta alegría, ya que tu padre parecía olvidar sus problemas.
La silueta que emerge en medio de la oscuridad no es otra que la de tu madre. Ella viene hacia ti con una expresión que nunca podrás explicar. Su cara transmite una sola intención: dolor. Alex sale detrás de ella y sin pensarlo empieza a llorar.
La vieja galera fue construida por tu papá. En ella se guardaban gallinas de vez en cuando o se utilizaba para dejar las herramientas que le ayudaban en su profesión como agricultor. Seis viejos postes de madera sostenían un zinc que cubría seis metros cuadrados para proteger los animales del sol y la lluvia. El piso de cemento estaba algo quebrado. La madera de las cerchas era negra y dañada por el tiempo. Es la misma galera donde desde niña jugabas a la casita y a las escondidas.
Ya no entiendes nada. Alex y tu madre lloran. Pides una explicación, pero la situación parece una novela. El suspenso fue solo por unos segundos, que se convirtieron en años para ti. Alex abraza a Verónica y dicen muchas palabras que tu no puedes entender.
En la galera, con su rostro viendo hacia el cafetal. Un hombre con una camisa color caqui y verde, pantalón café y unos figueres amarillos cuelga de un mecate azul. Con bigote y unas profundas entradas en su frente que anunciaban la caída del cabello a sus 48 años. Su cuerpo estaba caliente cuando lo encontré. Te dirá después Alex. Si lo hubiera soltado él estaría vivo. Tu mente te interroga pero no respondes.
Un pensamiento tropieza con tus sentidos. Un deja vu, un recuerdo, una profecía. No importa que putas sea. “Yo compré unas verduras, la carne y unos Gerber para el chiquito, porque si yo falto él va a tener lo que necesita. Y a usted le compre un helado”. Ese fue el adiós de tu padre que escuchaste sin atención.
Ahora no sientes miedo. No sientes nada. La conmoción que empieza a adueñarse de tu casa te aturde y te amarra. Tienes un hijo y no te acuerdas de él. El llanto de tu madre no lo escuchas. Tu padre esta muerto. La noche esta muy fría como para que te comas un helado.